jueves, 6 de marzo de 2014

Vacaciones de nieve y champán

Esta no es de mis mejores historias, pero entre los dos hemos logrado una aventurilla que de seguro les va a encantar. Disfruten de la primera parte de esta nueva mala intención.




Steve despertó con la plácida figura de su esposa desnuda entre las sabanas, sonrió y decidió esperar el desayuno para despertarla y charlar un rato. El ambiente en la alcoba era cálido, a pesar de que apenas caía diciembre y las bajas temperaturas eran afuera, parte del paisaje de la hermosa Rumania. Steve y Natalie estaban de vacaciones, el largo viaje había sido en verdad exhaustivo, así  que al llegar al pequeño hotel a las afueras de Brasov, no pudieron hacer nada más que caer rendidos, sumidos en el cansancio. Habían llegado allí con la idea de conocer algún majestuoso y antiguo castillo y luego tal vez esquiar, decían que no muy lejos, había un terreno montañoso donde podrían darse gusto, estaban muy emocionados.
Habían recibido la noche anterior la decepcionante noticia de que la edificación antigua más cercana no estaba abierta a las visitas turísticas, así que por lo pronto debieron conformarse con salir a conocer los alrededores.

Natalie apenas despertaba cuando el teléfono sonó y  Steve recibió la llamada. Era el asesor turístico que comentaba que la agencia tenía algunas cabañas para quien decidiera quedarse incluso a pasar la noche, todo en recompensa por no poder llevarlos a ningún lugar histórico ese mismo día. Cabañas de madera, el fuego de una chimenea, Natalie y Steve se miraron sonrientes, la idea les había caído del cielo a ambos.
Fue un corto viaje en auto colina arriba para llegar al lugar, conocieron la pequeña, cálida y acogedora cabaña de madera en medio del paisaje blanco y montañoso de Rumania, estaban fascinados.
La joven pareja disfrutaba de aprender a esquiar, Steve pronto estuvo listo para subir algunas colinas no muy elevadas de principiantes. Natalie por su parte, no tan hábil como él, apenas y podía sostenerse, las piernas le temblaban de frío y no paraba de abrazar a Steve. La temperatura acababa con ella y terminó sentada tomando un chocolate caliente de la cafetería, al menos eso pidió al guía, no entendía muy bien el idioma pero estaba muy cómoda. Le encantaba el paisaje y la nieve, además que ver a su esposo intentar y resbalar todo el tiempo era realmente divertido.

Después de un rato, Steve, siempre aventurero, quería ir hasta arriba de la montaña en las sillas elevadizas pero habían cerrado el servicio, la gente se dispersaba y todos hablaban y discutían cosas en su idioma. Entraron al salón -Deben quedarse en la cabaña- habló por fin un hombre en un idioma familiar a ellos, había una considerable cantidad de turistas de habla hispana -Se acerca una tormenta de nieve y todos tienen que guardar refugio hasta nuevo aviso. No es posible, en estos momentos, bajar la montaña hasta el hotel, la tormenta nos alcanzaría y sería demasiado peligroso- expuso el asesor turístico en voz alta tratando de calmar las ansias. Natalie y Steve guardaron la calma, compraron algunas cosas en la tienda  y volvieron a la cabaña, la idea de quedarse allí por ese día no les molestaba. Prendieron fuego, la temperatura no dejaba de descender, la nieve caía y el viento soplaba muy fuerte, en unos minutos caería la tormenta y estarían atrapados allí por un rato.
Al cabo de unas horas charlando en el sofá, Steve advirtió que la leña se estaba consumiendo y quedaba poca, así que se levantó, se abrigó y salió a buscar más leña. No tardó mucho en regresar, estaba muy emocionado  -¡Vístete ya! Trae algo de comer en el bolso, tengo que mostrarte algo-
-¿Qué sucede? ¿No ves que me estoy congelando?- Natalie tartamudeaba, su mandíbula temblaba y estaba muy confundida.
-Parece que la tormenta destapó un camino- Señalaba Steve ya afuera, mientras caminaba. Se adentraron en un lago congelado, en donde se reflejaba con claridad la luna, Natalie empezaba a desesperar, el viento soplaba y parecía que en cualquier momento la tormenta traería más ráfagas de nieve. De pronto, de en medio de la nada, surgió aquella enorme y hermosa cabaña a un lado del lago, Steve había llegado allí buscando árboles secos para leña. La cabaña parecía ser antigua y abandonada, entraron sin tiempo para meditarlo, la tormenta comenzaba a hacer estragos.
Natalie cruzaba los brazos en signo de incomodidad mientras caminaba husmeando con la mirada la extensa colección de libros en los estantes de las paredes, fue lo primero que observó después de que Steve iluminara el lugar encendiendo algunas velas. Al subir con algo de vacilación al segundo piso, encontraron un hermoso cuarto con una cama enorme y muchas pinturas colgadas. -Parece que las últimas personas en habitar este lugar vivieron hace muchos años-
-Así parece- respondió Steve mientas abría la puerta de un pequeño desván, iluminó con una lámpara de mano y ante él se extendió una ostentosa colección de vinos. Lo admiró encantado, amaba los vinos. Una repisa especialmente adornada llamó su atención, tenía tan solo cuatro botellas, era champán de una reserva relativamente joven. Observó a  su esposa aun inquieta, no pudo evitarlo, tomó dos botellas, un par de copas que colgaban lujosas en la parte superior de la repisa.
-Creo que es mejor que bajemos- Siseó Natalie aun con los brazos cruzados.
-Por supuesto, pero antes algo para calentar la garganta- Steve meneaba las botellas en señal sugestiva con una sonrisa en el rostro. Convencerla del primer sorbo pareció una batalla, pero una vez el dulce y cálido sabor del champán se deslizó en la garganta por vez primera, la joven sucumbió al deleite. Ambos sentados en el viejo sofá, tomando aquella bebida ajena, en un lugar desconocido, perecía tan surrealista. Afuera el viento soplaba, la nieve caía a una magnitud cada vez más impresionante, la tormenta era implacable.
El tosco ambiente se hizo cálido, hablar y reír juntos, abrazados, dándose calor mutuo, eran unos de esos detonantes que mostraba aquella peculiar capacidad que tenían, desde que se vieron por primera vez, de desconectarse del mundo en cualquier situación, en cualquier problema, en cualquier lío, solo para permitirse estar juntos y mirarse, conectarse y hacer de cuenta que no existe nada más allá de los dos. Fue un trago tras otro, en cuestión de minutos, horas quizá, ya estaban destapando la segunda botella con confianza y ligereza. Tal vez era todo efecto del champán, eran muy conscientes de que comenzaba a hacer estragos en sus entrañas, aún así querían disfrutar, de eso se trataba su viaje. Hacía dos años que estaban casados, juntos a los ojos de Dios, en esa misma época, bajo una nieve tan blanca como la que retumbaba feroz fuera de aquella cabaña. Steve la miraba hablar, se perdía en su boca como siempre lo hacía, se quitaron los abrigos, estaban frescos y cómodos.
Natalie se quitó el grueso suéter de lana, se acurrucó en su regazo, le miraba a los ojos y le sonreía acariciándole el rostro. Sus manos suaves y tibias, sus labios se veían más deliciosos que en otro momento, la observaba aborto en recuerdos de esos últimos años a su lado.
-¿Sucede algo? Estás…- La interrumpió, no podía más, le tomó el rostro y le besó con la delicia y deguste con el que se prueba un fino champán. Como si hubiera pasado un milenio sin verla, como si fuera la primera vez que la besaba en mucho tiempo.
La tomó por la cintura atrayendo su cuerpo junto al suyo con fuerza, la intensidad de los corazones que latían al tiempo era inmensa. La pasión juvenil parecía crecer con los años juntos, muy a pesar de que siempre consideraron que el tiempo era de esas armas de doble filo que podía venirse en su contra en cualquier momento. Ellos en cambio, con tocarse sentían que sus pechos podían hacer un solo de batería a la perfección.
Lo miró a los ojos, “te deseo tanto” pensó Steve, y ella, como respondiendo a un mensaje mental, se quitó la blusa y lo ahogó en un beso largo y profundo.
La empujó hacia una mesa, un par de besos en el cuello, otro par en la espalda, una acción en cadena que desataba toda la ansiedad y Natalie, sin más indecisión supo que no podían parar. Él comenzaba a deslizar los dedos entre las piernas y a cada centímetro que avanzaba en su recorrido, ella las separaba más en modo de invitación pero una vez que estuvo a punto de llegar, ella le detuvo y le mordió le cuello con ímpetu.
Aquello fue como una especie de combustible derramado sobre una llama ya ardiente, Steve le arrancó el sostén y comenzó a devorar los senos con apetito. La tomó del trasero la subió a él y la llevó de espaldas contra la estantería de los libros. Natalie le quitaba el suéter y lo besaba con algo de torpeza, una vez  estuvieron de pie, ambos sintieron los estragos del alcohol. Libros y objetos caían mientras ellos daban vueltas descuidadas por el lugar, tropezando todo a su paso.
Se percataron del desastre provocado y rieron a grotescas carcajadas, pararon un momento y Steve volvió a recostar a Natalie sobre la esquina de uno de los estantes, este, para sorpresa de ambos se rodó un par de centímetros. Se miraron, Natalie retrocedió alejándose, siguieron empujando hasta descubrir una especie de entrada secreta que llevaba a unas escaleras.
Buscaron algo con qué iluminar, las escaleras, que eran realmente empinadas y largas, terminaban en una enorme puerta de madera, lo dudaron unos minutos, se volvieron a poner las prendas y sin ser capaces de pronunciar una palabra, comenzaron a subir los desconocidos escalones, deseosos de averiguar que había detrás de aquella entrada.

Por Mr Amsterdam y Daniela.

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