miércoles, 23 de abril de 2014

Una historia de vagón

En una lluviosa mañana de noviembre, cuando se acercaban las primeras brisas de invierno, estaba parado en el andén 9° de la estación Kings Cross, esperando que llegase el tren que me llevaría después de muchos años a Edimburgo, mi ciudad natal. En 17 años no había venido a Escocia, quería visitar a mi padre, pero mi trabajo me lo impedía, hasta ahora.

Cuando estaba chico solía ir a un castillo, muy famoso en nuestra ciudad y blanco de muchas leyendas que a nuestros padres les encantaba decirnos para no acercarnos al lugar, pero éramos muy osados o muy estúpidos en la niñez, ¡oh, si! He dicho éramos –como se me ha podido olvidar mencionarla- no solo era yo, se llamaba Magie, era mi vecina de al lado, jugábamos mucho juntos, pues a los al rededores no habían muchos niños de nuestra edad; ella era mucho más osada que yo, siempre me llevaba a rastras a nuestras aventuras, mi padre decía que sus cabellos rojizos era lo que les daba esa osadía que las caracterizaba pues conocía mucho a su madre y era el vivo ejemplo de ellas; por otro lado estaban Mika su hermana, parecían gemelas, salvo que ella era la mayor, siempre estaba diciéndonos lo que no debíamos hacer como todo hermano mayor, pero al final ella terminaba más emocionada que todos; por ultimo estaba Jacob, que era mi primo, también mayor y exactamente como Mika, refunfuñon pero igual de divertido al final.

El tren ya había arribado, habían muchas personas aglomeradas en los vagones para turistas, yo había echo lo posible por comprar el tiquete en el vagón de primera clase, parecía que iba a ser para mi solo; sin embargo vi acercarse una mujer muy abrigada, pues hacia mucho frío en realidad, llevaba lentes negros y un cabello rojizo y ondulado que me trajo los más gratos recuerdos de Magie y Mika, la deje pasar primero y luego subí yo, solo éramos los dos en aquel vagón. Me senté a 3 puestos de ella, pero mirándola de frente, esa mujer me causaba cierta curiosidad que se intensifico más al ver que se despojaba de su abrigo, pues dentro del vagón estaba cálido. Los asientos cuyo respaldo puede girar en ambos sentidos, me permitieron disimular ante aquella mujer el interés creciente que sentía por ella, parecía un niño dando vueltas en el asiento, así que ella no dudaría en no mostrarme nada de atención, la vi quitarse su abrigo y mostrar unos voluptuosos pechos cubiertos sobre su blusa de seda que se resbalaba deliciosamente entre más se movía, creí verle los pezones a través de lo azulado de su blusa, además su apetitosa carne blanca estaba muy al descubierto por un gran escote, fue difícil no fijar la mirada por unos segundos, me miro – mierda, se habrá dado cuenta que la estaba mirando- gire en el asiento, pero no del todo, quede mirando hacia el costado del vagón, pude notar que ella sonrió, se había dado cuenta que la miraba -nuevamente di un giro, se había quitado todo el abrigo-, dejo sus piernas blancas al descubierto, solo las tapaba una falda muy ajustada a sus muslos, cuando alce la vista ella había puesto su brazo por detrás de su cuello haciendo que la blusa de seda se pegara completamente a sus pechos mostrándolos aún más enormes de lo que los veía ¡Dios mio, pero que pechos! No pude quitarles la mirada, hasta que de golpe me dijo...

-Eres un poco mirón, ¿te gustó lo que viste? –me dijo con una sonrisa en su rostro, pero sin mirarme.
-N-No sé de que habla señorita, yo solo estaba dando giros en el asiento, me recuerda mucho a mi niñez –mi tartamudeo me delato, me había tomado por sorpresa, no sabia que decirle.
-Jajaja claro, por supuesto, su excusa es totalmente creíble. Aunque me parece extraño que un hombre no se haya visto interesado con unos pechos como estos –dijo en tono de burla, agarrándose sus pechos por encima de la blusa y mostrándomelos.

Estaba anonadado, si hacia unos minutos me recordaba a Magie y Mika por su cabello, con esto era como volver  a mi niñez y apreciar lo osada que era Magie o lo directa que era Mika; pensé unos instantes y trague saliva me había dejado sin palabras pero no podía quedarme callado.

-Lo siento, solo quería ser cortes, no todas las mujeres son tan resueltas con respecto a esos temas y siempre se sienten ofendida. La verdad la miraba porque me pareció muy atractiva y también me recordó a alguien.
-Gracias, aunque decir que era sexy hubiera sonado un poco mejor –dijo entre risas-, ¿podría saber a quien te recuerdo?
-Sonara un poco estúpido, era unas vecinas en mi infancia, eran como gemelas–me levante confiado y me dirigí hacia donde ella estaba, se hizo a un lado y me dejo sentarme-, su cabello era muy parecido al suyo.
-Deja de hablarme como si fuera una señora, aunque lo siento no nos hemos presentado me llamo Margaret –me sonrió y me extendió la mano.
-Ah, mucho gusto soy Patrick –tome su mano y de inmediato sentí como me halo hacia ella dándome un fuerte abrazo, en ese instante entendí que Magie solo era la forma corta de llamar a Margaret, era ella y estaba allí conmigo.

La intensidad del abrazo fue tal que ninguno de los dos quería soltarse, habían pasado 17 años no lo podía creer, mientras me abrazaba me dijo que estuvo buscándome en Madrid pero nunca dio conmigo y hacia unos días pudo hablar con mi madre, fue ella quien le dijo que yo regresaría y decidió venir también. Pasamos largo rato contándonos las historias luego de habernos separado, ella se había mudado con sus padres a Londres y luego de terminar sus estudios había empezado a conocer Paris, Roma, Brujas y Madrid; yo le contaba que no había salido de Madrid nunca, pero me iba muy bien. Después de contarnos 17 años de historia, ni habíamos caído en cuenta que el tren ya estaba en marcha y le pregunte que si estaba soltera a lo cual me respondió que si, me dijo que nunca había tenido una relación seria, siempre eran relaciones pasajeras.

-Tú me imagino que has de tener muchas admiradoras, estás muy guapo, no pareces en nada al niño que conocí hace unos años –me dijo mientras apoyaba su cara en su mano, como esperando una respuesta demasiado interesante.
-Pues aunque no creas no tengo muchas admiradoras, tuve un par hace tiempo pero ya, es más hace ya 6 meses que no veo a nadie, eres la primera mujer en 6 meses que me dice que estoy guapo.

Haberle dicho eso me hizo sentir un poco mal, tal vez si seguía siendo aquel niño que no era tan osado y que siempre buscaba un pero a las cosas y ella ahora era incluso más osada que cuando niña, además era sexy y muy inteligente –soy un estúpido-, lo único que había logrado era que ella viera que no era para nada interesante. Lo que vino después no dejo duda de que yo no entendía nada de la vida y mucho menos de una mujer, me tomo de la mano sonriéndome y la llevo hacia su pantorrilla, paseo mi mano por toda su larga pantorrilla, pasando por su rodilla y la fue subiendo por la cara externa del muslo, pasando por su falda hasta llegar a sus caderas. Dejo mi mano libre, ahora era yo quien paseaba mi mano nuevamente por su muslo pero ahora con los dedos acariciaba el interior de su muslo, sus piernas se separaron unos centímetros para recibir mi mano, luego sujeto firmemente mi mano, para evitar que siguiera subiendo. En ese momento me pregunto:

-Tú solo eres osado cuando estás conmigo y cuando yo te incito a serlo, ¿crees que lo harás ahora?
-Completamente –dije firmemente y agarrando con fuerza su muslo haciéndola revolverse en su asiento.

Me incline y besé su oreja, se estremeció, volví a besarla pero ahora en la nuca. Encogió de hombro y echó la cabeza hacia atrás. Se inclino y me beso en la boca. Nuestras lenguas jugaron y ella tomó mi cabeza entre sus manos y la trajo hacia sí. Nos pusimos de lado en los asientos, nuestras rodillas chocando, con los dedos muy separados pasé mis manos por sus costados, arriba y abajo, presione sus pechos. Su corazón ahora latía con fuerza y su respiración era forzada, mientras la besaba en la boca y su cuello, desabroché un botón y deslicé la mano por dentro de la blusa, sentí su endurecido pezón entre mis dedos, solté el resto de los botones y pase ambas manos a su espaldas para inclinarme y besar sus pezones, ella empujaba sus pechos hacia mi.

Aunque el espacio era sumamente incómodo, trate de incorporarme lo más que pude, volví a besarla en la boca y pasé mis manos por su espalda. Recuerdo lo maravilloso de los pechos de Magie en aquel vagón de tren. Ella empezó a halar mi corbata, luego cambiando de idea, desabotonaba mi camisa excepto el primer botón, sus dedos recorrían mi pecho, se inclino a besármelo. Metí mi mano por entre su falda y ella movía sus caderas hacia adelante, se deslizó en el asiento, dejando su cabeza apoyada en la ventana, no era fácil encontrar acomodo, la levante, los dos estábamos mas o menos de pie en el espacio que teníamos, la traje hacia mi y me abrazó, sentí sus pechos desnudos contra mi piel, fue cuando empuje con fuerza mi muslo entre sus piernas y ella lanzó un leve gemido. Baje mi mano y la deslicé entre sus muslos, pude sentirla perfectamente a través del húmedo de sus bragas, abrió las piernas y se estremeció lentamente bajo mi mano. Baje sus bragas hasta las rodillas, saco una pierna de las bragas, pasé con lentitud los dedos entre su húmedo sexo descubierto, me bajo bruscamente el pantalón, lo mismo hizo con mis bóxers, cogiéndome con ambas manos, me hizo salir erecto. Empujé a Magie contra el asiento, quedo con la cabeza y el hombre apoyados contra la ventana, tenía la falda levantada hacia la cintura y las piernas abiertas, yo estaba inclinado sobre ella con mis manos en sus caderas, pensé en llevarla al baño, allí tendríamos más intimidad, pero sabía por lo osada que era que no seria posible. Cuando estaba empezando a penetrarla, el tren freno bruscamente, mire por la ventana. Pensé que habíamos llegado ya –maldita sea-, pero luego supe que no era ningún sitio donde el tren tuviera que parar, llegábamos a una estación desconocida y Magie y yo dábamos justo al andén y había gente –por suerte muy poca- confiaba en que ninguno subiera al tren y mucho menos al vagón; sin embargo quedaron muy bien situados para poder espiar y nuestro vagón en especial paro frente a tres señoras ya cincuentonas, aquello les ofreció una vista de Magie con los pechos al aire y piernas sobre los asientos y de mi, erecto y asustadizo, encima haciendo maniobras para estar encima de ella. Su porte de cincuentonas parecía salido de una película de dinosaurios, miraban con sus ojos desorbitados y cada una formo un su boca una O de asombro, ella levantó la vista hacia mi y luego, giro para mirar hacia la ventana haber que pasaba, estuvo unos instantes viendo, se volvió de nuevo hacia mi, yo estaba paralizado, incluso pensé en subirme los pantalones y abrochármelos delante de ellas, pero eso solo se hubiera visto estúpido, Magie sonrió maliciosamente, se lamió los labios despacio y me beso con suavidad. Las Oes de las señoras eran aún más vistosas, ella puso de inmediato su boca en forma de O y la aplicó contra mi, en ese instante el tren volvía a moverse, sentí su boca y sus manos por todo el cuerpo, las caricias de su lengua y de sus labios me hicieron olvidar aquel momento, la levante, la volví a poner contra la ventana y cuando nuevamente estaba penetrando, el tren volvió a frenar muy bruscamente –maldita sea, que putas le pasa a este tren, no me va a dejar coger-. Resultaba que ya habíamos llegado y el revisor venia entrando, nos pusimos la ropa rápidamente.

-Así que la leyenda del castillo, es sobre un hombre que suena todas las noches su gaita con tonos muy tristes y deprimentes a través de todas las calles subterráneas que conducen al castillo –proseguí con dificultad.
El revisor bajo la vista y nos miró, parecía saber lo que había pasado y dijo en un tono que se supone que se emplea cuando el vagón esta lleno: “Edimburgo”.
Magie y yo nos sacudimos, dimos las gracias y lo vimos salir del vagón. Gire para verla y me encontré con una risa maliciosa la cual fue seguida de ella diciendo.

-¡Maldición! –Riéndose y abrigándose.


Esa es la historia de cómo nos volvimos a ver Magie y yo luego de muchos años, quizá sea un poco sexual pero así fueron los días siguientes, hasta que llego el momento de separarnos, quizá fue el más doloroso. Ella me confeso que en unos días se casaría, pero que lo que había hecho, había sido porque siempre estuvo enamorada de mi y que aquel casamiento había sido arreglado por su padre. Hoy después de 30 años de aquel encuentro, no la volví a ver jamás, pero en esa misma despedida conocí en el mismo vagón a la mujer que hoy esta sentada a mi lado admirando el mismo castillo que hace 30 años vine a visitar.

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