jueves, 24 de julio de 2014

No te enamores de una mujer que...


"No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe…

No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.

No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.

No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y sienta un inmenso horror por las injusticias. Una que no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo.

No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa…”

Por: Martha Rivera


domingo, 15 de junio de 2014

Pastillas para no soñar

He deseado muchas veces tener un par de pastillas para no soñar, para no tener digamos que falsas esperanzas de que las cosas pueden ser como yo las deseo. Vivo deseando muchas cosas, que me pasen cosas buenas, que las personas sean conmigo como yo deseo, obviamente nunca obteniendo ningún resultado a mi favor.

Quisiera tener un par de pastillas para no soñar que quizá algún día mis palabras sirvan de un poco más que de simple basura, que no las desechen, las tiren o peor aún, que ni siquiera las escuchen. Quisiera tener un par de pastillas para no soñar que algún día las personas dirán "que bueno que has estado allí" y cuando yo más lo necesite estén para mi. Quisiera tener un par de pastillas para no soñar que algún día no encontraré ningún obstáculo para llegar donde quiero, que no habrá nadie que me diga que no puedo, que no habrá nadie que imponga sus triunfos sobre los míos.

Pero no tengo un par de pastillas para no soñar que mis palabras servirán, solo seguirán siendo nada o menos que nada; no tengo un par de pastillas para no soñar que las personas dirán "que bueno que has estado allí" y estarán para mi, solo seguiré estando para todos y nadie para mi; no tengo un par de pastillas para no soñar que no encontraré obstáculos o personas que impongan sus triunfos sobre los míos, solo seguiré encontrándome pisoteadas y miles de problemas para seguir siendo nadie.

Pero como deseo por lo menos alguna vez soñar que llegaré a tener un par de pastillas para no soñar.


miércoles, 23 de abril de 2014

Una historia de vagón

En una lluviosa mañana de noviembre, cuando se acercaban las primeras brisas de invierno, estaba parado en el andén 9° de la estación Kings Cross, esperando que llegase el tren que me llevaría después de muchos años a Edimburgo, mi ciudad natal. En 17 años no había venido a Escocia, quería visitar a mi padre, pero mi trabajo me lo impedía, hasta ahora.

Cuando estaba chico solía ir a un castillo, muy famoso en nuestra ciudad y blanco de muchas leyendas que a nuestros padres les encantaba decirnos para no acercarnos al lugar, pero éramos muy osados o muy estúpidos en la niñez, ¡oh, si! He dicho éramos –como se me ha podido olvidar mencionarla- no solo era yo, se llamaba Magie, era mi vecina de al lado, jugábamos mucho juntos, pues a los al rededores no habían muchos niños de nuestra edad; ella era mucho más osada que yo, siempre me llevaba a rastras a nuestras aventuras, mi padre decía que sus cabellos rojizos era lo que les daba esa osadía que las caracterizaba pues conocía mucho a su madre y era el vivo ejemplo de ellas; por otro lado estaban Mika su hermana, parecían gemelas, salvo que ella era la mayor, siempre estaba diciéndonos lo que no debíamos hacer como todo hermano mayor, pero al final ella terminaba más emocionada que todos; por ultimo estaba Jacob, que era mi primo, también mayor y exactamente como Mika, refunfuñon pero igual de divertido al final.

El tren ya había arribado, habían muchas personas aglomeradas en los vagones para turistas, yo había echo lo posible por comprar el tiquete en el vagón de primera clase, parecía que iba a ser para mi solo; sin embargo vi acercarse una mujer muy abrigada, pues hacia mucho frío en realidad, llevaba lentes negros y un cabello rojizo y ondulado que me trajo los más gratos recuerdos de Magie y Mika, la deje pasar primero y luego subí yo, solo éramos los dos en aquel vagón. Me senté a 3 puestos de ella, pero mirándola de frente, esa mujer me causaba cierta curiosidad que se intensifico más al ver que se despojaba de su abrigo, pues dentro del vagón estaba cálido. Los asientos cuyo respaldo puede girar en ambos sentidos, me permitieron disimular ante aquella mujer el interés creciente que sentía por ella, parecía un niño dando vueltas en el asiento, así que ella no dudaría en no mostrarme nada de atención, la vi quitarse su abrigo y mostrar unos voluptuosos pechos cubiertos sobre su blusa de seda que se resbalaba deliciosamente entre más se movía, creí verle los pezones a través de lo azulado de su blusa, además su apetitosa carne blanca estaba muy al descubierto por un gran escote, fue difícil no fijar la mirada por unos segundos, me miro – mierda, se habrá dado cuenta que la estaba mirando- gire en el asiento, pero no del todo, quede mirando hacia el costado del vagón, pude notar que ella sonrió, se había dado cuenta que la miraba -nuevamente di un giro, se había quitado todo el abrigo-, dejo sus piernas blancas al descubierto, solo las tapaba una falda muy ajustada a sus muslos, cuando alce la vista ella había puesto su brazo por detrás de su cuello haciendo que la blusa de seda se pegara completamente a sus pechos mostrándolos aún más enormes de lo que los veía ¡Dios mio, pero que pechos! No pude quitarles la mirada, hasta que de golpe me dijo...

-Eres un poco mirón, ¿te gustó lo que viste? –me dijo con una sonrisa en su rostro, pero sin mirarme.
-N-No sé de que habla señorita, yo solo estaba dando giros en el asiento, me recuerda mucho a mi niñez –mi tartamudeo me delato, me había tomado por sorpresa, no sabia que decirle.
-Jajaja claro, por supuesto, su excusa es totalmente creíble. Aunque me parece extraño que un hombre no se haya visto interesado con unos pechos como estos –dijo en tono de burla, agarrándose sus pechos por encima de la blusa y mostrándomelos.

Estaba anonadado, si hacia unos minutos me recordaba a Magie y Mika por su cabello, con esto era como volver  a mi niñez y apreciar lo osada que era Magie o lo directa que era Mika; pensé unos instantes y trague saliva me había dejado sin palabras pero no podía quedarme callado.

-Lo siento, solo quería ser cortes, no todas las mujeres son tan resueltas con respecto a esos temas y siempre se sienten ofendida. La verdad la miraba porque me pareció muy atractiva y también me recordó a alguien.
-Gracias, aunque decir que era sexy hubiera sonado un poco mejor –dijo entre risas-, ¿podría saber a quien te recuerdo?
-Sonara un poco estúpido, era unas vecinas en mi infancia, eran como gemelas–me levante confiado y me dirigí hacia donde ella estaba, se hizo a un lado y me dejo sentarme-, su cabello era muy parecido al suyo.
-Deja de hablarme como si fuera una señora, aunque lo siento no nos hemos presentado me llamo Margaret –me sonrió y me extendió la mano.
-Ah, mucho gusto soy Patrick –tome su mano y de inmediato sentí como me halo hacia ella dándome un fuerte abrazo, en ese instante entendí que Magie solo era la forma corta de llamar a Margaret, era ella y estaba allí conmigo.

La intensidad del abrazo fue tal que ninguno de los dos quería soltarse, habían pasado 17 años no lo podía creer, mientras me abrazaba me dijo que estuvo buscándome en Madrid pero nunca dio conmigo y hacia unos días pudo hablar con mi madre, fue ella quien le dijo que yo regresaría y decidió venir también. Pasamos largo rato contándonos las historias luego de habernos separado, ella se había mudado con sus padres a Londres y luego de terminar sus estudios había empezado a conocer Paris, Roma, Brujas y Madrid; yo le contaba que no había salido de Madrid nunca, pero me iba muy bien. Después de contarnos 17 años de historia, ni habíamos caído en cuenta que el tren ya estaba en marcha y le pregunte que si estaba soltera a lo cual me respondió que si, me dijo que nunca había tenido una relación seria, siempre eran relaciones pasajeras.

-Tú me imagino que has de tener muchas admiradoras, estás muy guapo, no pareces en nada al niño que conocí hace unos años –me dijo mientras apoyaba su cara en su mano, como esperando una respuesta demasiado interesante.
-Pues aunque no creas no tengo muchas admiradoras, tuve un par hace tiempo pero ya, es más hace ya 6 meses que no veo a nadie, eres la primera mujer en 6 meses que me dice que estoy guapo.

Haberle dicho eso me hizo sentir un poco mal, tal vez si seguía siendo aquel niño que no era tan osado y que siempre buscaba un pero a las cosas y ella ahora era incluso más osada que cuando niña, además era sexy y muy inteligente –soy un estúpido-, lo único que había logrado era que ella viera que no era para nada interesante. Lo que vino después no dejo duda de que yo no entendía nada de la vida y mucho menos de una mujer, me tomo de la mano sonriéndome y la llevo hacia su pantorrilla, paseo mi mano por toda su larga pantorrilla, pasando por su rodilla y la fue subiendo por la cara externa del muslo, pasando por su falda hasta llegar a sus caderas. Dejo mi mano libre, ahora era yo quien paseaba mi mano nuevamente por su muslo pero ahora con los dedos acariciaba el interior de su muslo, sus piernas se separaron unos centímetros para recibir mi mano, luego sujeto firmemente mi mano, para evitar que siguiera subiendo. En ese momento me pregunto:

-Tú solo eres osado cuando estás conmigo y cuando yo te incito a serlo, ¿crees que lo harás ahora?
-Completamente –dije firmemente y agarrando con fuerza su muslo haciéndola revolverse en su asiento.

Me incline y besé su oreja, se estremeció, volví a besarla pero ahora en la nuca. Encogió de hombro y echó la cabeza hacia atrás. Se inclino y me beso en la boca. Nuestras lenguas jugaron y ella tomó mi cabeza entre sus manos y la trajo hacia sí. Nos pusimos de lado en los asientos, nuestras rodillas chocando, con los dedos muy separados pasé mis manos por sus costados, arriba y abajo, presione sus pechos. Su corazón ahora latía con fuerza y su respiración era forzada, mientras la besaba en la boca y su cuello, desabroché un botón y deslicé la mano por dentro de la blusa, sentí su endurecido pezón entre mis dedos, solté el resto de los botones y pase ambas manos a su espaldas para inclinarme y besar sus pezones, ella empujaba sus pechos hacia mi.

Aunque el espacio era sumamente incómodo, trate de incorporarme lo más que pude, volví a besarla en la boca y pasé mis manos por su espalda. Recuerdo lo maravilloso de los pechos de Magie en aquel vagón de tren. Ella empezó a halar mi corbata, luego cambiando de idea, desabotonaba mi camisa excepto el primer botón, sus dedos recorrían mi pecho, se inclino a besármelo. Metí mi mano por entre su falda y ella movía sus caderas hacia adelante, se deslizó en el asiento, dejando su cabeza apoyada en la ventana, no era fácil encontrar acomodo, la levante, los dos estábamos mas o menos de pie en el espacio que teníamos, la traje hacia mi y me abrazó, sentí sus pechos desnudos contra mi piel, fue cuando empuje con fuerza mi muslo entre sus piernas y ella lanzó un leve gemido. Baje mi mano y la deslicé entre sus muslos, pude sentirla perfectamente a través del húmedo de sus bragas, abrió las piernas y se estremeció lentamente bajo mi mano. Baje sus bragas hasta las rodillas, saco una pierna de las bragas, pasé con lentitud los dedos entre su húmedo sexo descubierto, me bajo bruscamente el pantalón, lo mismo hizo con mis bóxers, cogiéndome con ambas manos, me hizo salir erecto. Empujé a Magie contra el asiento, quedo con la cabeza y el hombre apoyados contra la ventana, tenía la falda levantada hacia la cintura y las piernas abiertas, yo estaba inclinado sobre ella con mis manos en sus caderas, pensé en llevarla al baño, allí tendríamos más intimidad, pero sabía por lo osada que era que no seria posible. Cuando estaba empezando a penetrarla, el tren freno bruscamente, mire por la ventana. Pensé que habíamos llegado ya –maldita sea-, pero luego supe que no era ningún sitio donde el tren tuviera que parar, llegábamos a una estación desconocida y Magie y yo dábamos justo al andén y había gente –por suerte muy poca- confiaba en que ninguno subiera al tren y mucho menos al vagón; sin embargo quedaron muy bien situados para poder espiar y nuestro vagón en especial paro frente a tres señoras ya cincuentonas, aquello les ofreció una vista de Magie con los pechos al aire y piernas sobre los asientos y de mi, erecto y asustadizo, encima haciendo maniobras para estar encima de ella. Su porte de cincuentonas parecía salido de una película de dinosaurios, miraban con sus ojos desorbitados y cada una formo un su boca una O de asombro, ella levantó la vista hacia mi y luego, giro para mirar hacia la ventana haber que pasaba, estuvo unos instantes viendo, se volvió de nuevo hacia mi, yo estaba paralizado, incluso pensé en subirme los pantalones y abrochármelos delante de ellas, pero eso solo se hubiera visto estúpido, Magie sonrió maliciosamente, se lamió los labios despacio y me beso con suavidad. Las Oes de las señoras eran aún más vistosas, ella puso de inmediato su boca en forma de O y la aplicó contra mi, en ese instante el tren volvía a moverse, sentí su boca y sus manos por todo el cuerpo, las caricias de su lengua y de sus labios me hicieron olvidar aquel momento, la levante, la volví a poner contra la ventana y cuando nuevamente estaba penetrando, el tren volvió a frenar muy bruscamente –maldita sea, que putas le pasa a este tren, no me va a dejar coger-. Resultaba que ya habíamos llegado y el revisor venia entrando, nos pusimos la ropa rápidamente.

-Así que la leyenda del castillo, es sobre un hombre que suena todas las noches su gaita con tonos muy tristes y deprimentes a través de todas las calles subterráneas que conducen al castillo –proseguí con dificultad.
El revisor bajo la vista y nos miró, parecía saber lo que había pasado y dijo en un tono que se supone que se emplea cuando el vagón esta lleno: “Edimburgo”.
Magie y yo nos sacudimos, dimos las gracias y lo vimos salir del vagón. Gire para verla y me encontré con una risa maliciosa la cual fue seguida de ella diciendo.

-¡Maldición! –Riéndose y abrigándose.


Esa es la historia de cómo nos volvimos a ver Magie y yo luego de muchos años, quizá sea un poco sexual pero así fueron los días siguientes, hasta que llego el momento de separarnos, quizá fue el más doloroso. Ella me confeso que en unos días se casaría, pero que lo que había hecho, había sido porque siempre estuvo enamorada de mi y que aquel casamiento había sido arreglado por su padre. Hoy después de 30 años de aquel encuentro, no la volví a ver jamás, pero en esa misma despedida conocí en el mismo vagón a la mujer que hoy esta sentada a mi lado admirando el mismo castillo que hace 30 años vine a visitar.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un giro inesperado

Bueno esta entrada hace parte de mi sección especial de 12 días sin normas al año, pasa que no la publique en el día de ayer por cuestiones de flojera jajaja. Bueno no siendo más aquí va.

Es increíble como en cuestión de segundos, la vida puede tomar giros tan inesperados que muchas veces no logramos explicar ¿qué paso?, qué fue eso que nos paso por en frente a tan rápida velocidad que no nos dimos cuenta sino hasta cuando ya nos estábamos inmersos dentro de aquello que pasaba... pues así fue para mi en un mes de junio de hace ya un par de años.

Todo pasaba normalmente, me encontraba trabajando, mi hora de salida seria a las 7pm, era lo normal, pero llegada la media hora faltante para poderme ir, mi compañera de trabajo hizo una llamada a la jefa ofreciéndole disculpas porque no podía quedarse ese día hasta más tarde y que yo había aceptado tomar su lugar -no sé de donde saco eso- aunque el día anterior ya lo había hecho también -hijaa de puta, pensé-, se dirigió a mi y me dijo, yo te lo compensaré y se fue así sin más. Estaba muy molesto al principio lo debo aceptar, pero luego de un rato se me paso y encontré una forma de entretenerme, pasadas las 8:45pm decidí que ya era hora de irme, no podía estar más tiempo y pedí a las personas que aún se encontraban allí que por favor culminaran sus actividades porque ya era muy tarde y tenía que cerrar el negocio, las personas muy amables se levantaron rápidamente y dando las gracias partieron una detrás de la otra, a las 9pm ya me encontraba fuera, dispuesto a irme a mi casa y descansar, esperaba el bus pero no pasaba, me estaba impacientando pues me solo quería dormir, había sido un día largo y duro para mi, en eso apareció un hombre de la nada en la esquina inmediatamente anterior donde yo estaba, lo mire un par de veces con recelo, cada vez se acercaba más -donde putas esta el maldito bus-, no espere más, paso una moto y le pedí que me llevará, di una ultima mirada atrás y aquella persona estaba parando el bus el cual yo tanto tiempo había esperado, que suerte la mía, pero no pensaba en ello ya me dirigía a mi hogar. ¿Dónde lo llevó? -me preguntó el conductor-, al decirle la dirección, me dijo... ¿Y eso por dónde es?, -era en serio o solo me estaba tomando el pelo, mi barrio era popular todo mundo sabia de su existencia, pero al escucharle el acento del interior del país supe que apenas llegaba a la ciudad-, no te preocupes yo te indico por donde -le dije-. Fue entonces cuando no me di cuenta que se había pasado un alto en la calle, debíamos haber parado, pero siguió y cuando volteé solo pude vislumbrar la luz penetrante de una moto que se dirigía directamente hacia mi, el choque fue inminente y sumamente fuerte, salí disparado unos metros, momentos antes de caer lo vi todo muy lento, pues en mis ojos pasaba todo lo que en ese día me había tocado pasar, hasta que caí al suelo sentado, luego un golpe en la cabeza, quedé inmóvil, no podía mover mis piernas y el golpe en la cabeza me había dejado aturdido, solo podía ver como una mujer que suponía había sido la otra victima de aquel accidente, tenía mucha sangre en su rostro.

Luego de unos instantes me levante, con mucha dificultad, tome otra moto y me fui del lugar, al llegar a mi casa me tire en la cama, no pude moverme en toda la noche, no había querido ir a un médico ni nada por el estilo y gracias a eso mis padres me regañaron muy feamente.

Está es una historia que demuestra como en unos segundos la vida da giros inesperados, primero puedes estar tranquilo y sentado muy cómodamente, y a los minutos siguientes estás tirado en el asfalto de una calle sin poderte mover ni hacer nada por ti mismo y esa fue la tercera vez que pude haber perdido la vida muy seriamente. Pero aquí estoy, echando el cuento jajaja este es mi relato de un nuevo 19, algo diferente porque nunca me ha gustado tocar esos temas.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Concede un detalle

Hace poco leí una frase de Pablo Neruda que decía "Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana..." en muchos aspectos es bastante normal verlo en nuestra vida diaria y no solamente en cuestiones del amor. Y aunque no soy un fan de Neruda -apenas y lo he leído muy por encima- me ha quedado grabada está frase, además de que hace mucho tengo la pendejada de escribir algo y pues está es la excusa perfecta.
A menudo tanto hombres como mujeres se quejan de que hay un cierto abandono o falta de demostraciones por parte de las personas cercanas a ellos, por parte de su trabajo, de las cosas buenas e incluso con quien más nos mostramos más insatisfechos es con Dios; el amor por Él siempre aparece en los momentos donde todo nos parece que no puede ir peor, donde nos encontramos más tristes, cuando de cierto se ve reflejado en gran medida que el amor es engañoso y que muchos lo confundimos con la necesidad de ser queridos. En un aspecto donde es más visible, tenemos todo el tiempo del mundo; las horas; minutos y segundos para darle una demostración o un detalle, aunque sea minúsculo a esa persona que queremos o amamos, pero preferimos esperar a cuando la tristeza se apodera de nosotros sin pensar acaso que la otra persona también lo está y sea precisamente por la falta de esos detalles.

Es irónico como a aquellas personas a las que se les hace más difícil dar un detalle, una demostración de afecto, terminan por recibir mucho más de lo que ellos estarían dispuestos a dar. He visto como parejas tienen un constante inconveniente de dar y recibir, porque mientras uno recibe y disfruta, el otro lo hace solo a manera de buscar algo de agradecimiento, ya que no recibe desinteresadamente. He aprendido de cierta forma a que no importa mucho que no recibas nada a cambio, la verdadera felicidad esta en ver a aquella persona por la cual haces algo, que disfruta de lo que haces por ella; sonríe con lo que haces; le ayuda a muchos aspectos de su vida tu sola presencia -que puede ser lo único que necesite en ocasiones-; en pocas palabras que aunque sea un "te deseo un lindo día", logre grandes cosas, porque tendrás la satisfacción que esa pequeña frase fue el inicio para un lindo día, así mismo podemos verlo en nuestra relación con Dios, no esperemos a que lo sintamos más distante de nosotros para poderle dar gracias por el simple hecho de estar presente en el mundo, porque así como hoy podemos estar como yo en este momento -disfrutando de un poco de frío, escuchando música que me anima y escribiendo esto- mañana simplemente una enfermedad, un accidente o cualquier cosa nos puede arrebatar todo eso.

Yo empece con un "Gracias" diario a Dios, con un "buenos días mi amor" a mi novia y con un "espero tenga buen día, que le vaya muy bien" a mi madre y mi hermana, puede que ninguno me devuelva alguna de esas cosas o no lo haga muy a menudo, pero cuando Dios me demuestra con cosas buenas en mi vida que escucho ese "Gracias", cuando mi novia me responde los buenos días y en realidad le va bien, y cuando mi madre y mi hermana me dicen que les fue muy bien en su día, ese simple hecho es gratificante para mi.


jueves, 6 de marzo de 2014

Vacaciones de nieve y champán

Esta no es de mis mejores historias, pero entre los dos hemos logrado una aventurilla que de seguro les va a encantar. Disfruten de la primera parte de esta nueva mala intención.




Steve despertó con la plácida figura de su esposa desnuda entre las sabanas, sonrió y decidió esperar el desayuno para despertarla y charlar un rato. El ambiente en la alcoba era cálido, a pesar de que apenas caía diciembre y las bajas temperaturas eran afuera, parte del paisaje de la hermosa Rumania. Steve y Natalie estaban de vacaciones, el largo viaje había sido en verdad exhaustivo, así  que al llegar al pequeño hotel a las afueras de Brasov, no pudieron hacer nada más que caer rendidos, sumidos en el cansancio. Habían llegado allí con la idea de conocer algún majestuoso y antiguo castillo y luego tal vez esquiar, decían que no muy lejos, había un terreno montañoso donde podrían darse gusto, estaban muy emocionados.
Habían recibido la noche anterior la decepcionante noticia de que la edificación antigua más cercana no estaba abierta a las visitas turísticas, así que por lo pronto debieron conformarse con salir a conocer los alrededores.

Natalie apenas despertaba cuando el teléfono sonó y  Steve recibió la llamada. Era el asesor turístico que comentaba que la agencia tenía algunas cabañas para quien decidiera quedarse incluso a pasar la noche, todo en recompensa por no poder llevarlos a ningún lugar histórico ese mismo día. Cabañas de madera, el fuego de una chimenea, Natalie y Steve se miraron sonrientes, la idea les había caído del cielo a ambos.
Fue un corto viaje en auto colina arriba para llegar al lugar, conocieron la pequeña, cálida y acogedora cabaña de madera en medio del paisaje blanco y montañoso de Rumania, estaban fascinados.
La joven pareja disfrutaba de aprender a esquiar, Steve pronto estuvo listo para subir algunas colinas no muy elevadas de principiantes. Natalie por su parte, no tan hábil como él, apenas y podía sostenerse, las piernas le temblaban de frío y no paraba de abrazar a Steve. La temperatura acababa con ella y terminó sentada tomando un chocolate caliente de la cafetería, al menos eso pidió al guía, no entendía muy bien el idioma pero estaba muy cómoda. Le encantaba el paisaje y la nieve, además que ver a su esposo intentar y resbalar todo el tiempo era realmente divertido.

Después de un rato, Steve, siempre aventurero, quería ir hasta arriba de la montaña en las sillas elevadizas pero habían cerrado el servicio, la gente se dispersaba y todos hablaban y discutían cosas en su idioma. Entraron al salón -Deben quedarse en la cabaña- habló por fin un hombre en un idioma familiar a ellos, había una considerable cantidad de turistas de habla hispana -Se acerca una tormenta de nieve y todos tienen que guardar refugio hasta nuevo aviso. No es posible, en estos momentos, bajar la montaña hasta el hotel, la tormenta nos alcanzaría y sería demasiado peligroso- expuso el asesor turístico en voz alta tratando de calmar las ansias. Natalie y Steve guardaron la calma, compraron algunas cosas en la tienda  y volvieron a la cabaña, la idea de quedarse allí por ese día no les molestaba. Prendieron fuego, la temperatura no dejaba de descender, la nieve caía y el viento soplaba muy fuerte, en unos minutos caería la tormenta y estarían atrapados allí por un rato.
Al cabo de unas horas charlando en el sofá, Steve advirtió que la leña se estaba consumiendo y quedaba poca, así que se levantó, se abrigó y salió a buscar más leña. No tardó mucho en regresar, estaba muy emocionado  -¡Vístete ya! Trae algo de comer en el bolso, tengo que mostrarte algo-
-¿Qué sucede? ¿No ves que me estoy congelando?- Natalie tartamudeaba, su mandíbula temblaba y estaba muy confundida.
-Parece que la tormenta destapó un camino- Señalaba Steve ya afuera, mientras caminaba. Se adentraron en un lago congelado, en donde se reflejaba con claridad la luna, Natalie empezaba a desesperar, el viento soplaba y parecía que en cualquier momento la tormenta traería más ráfagas de nieve. De pronto, de en medio de la nada, surgió aquella enorme y hermosa cabaña a un lado del lago, Steve había llegado allí buscando árboles secos para leña. La cabaña parecía ser antigua y abandonada, entraron sin tiempo para meditarlo, la tormenta comenzaba a hacer estragos.
Natalie cruzaba los brazos en signo de incomodidad mientras caminaba husmeando con la mirada la extensa colección de libros en los estantes de las paredes, fue lo primero que observó después de que Steve iluminara el lugar encendiendo algunas velas. Al subir con algo de vacilación al segundo piso, encontraron un hermoso cuarto con una cama enorme y muchas pinturas colgadas. -Parece que las últimas personas en habitar este lugar vivieron hace muchos años-
-Así parece- respondió Steve mientas abría la puerta de un pequeño desván, iluminó con una lámpara de mano y ante él se extendió una ostentosa colección de vinos. Lo admiró encantado, amaba los vinos. Una repisa especialmente adornada llamó su atención, tenía tan solo cuatro botellas, era champán de una reserva relativamente joven. Observó a  su esposa aun inquieta, no pudo evitarlo, tomó dos botellas, un par de copas que colgaban lujosas en la parte superior de la repisa.
-Creo que es mejor que bajemos- Siseó Natalie aun con los brazos cruzados.
-Por supuesto, pero antes algo para calentar la garganta- Steve meneaba las botellas en señal sugestiva con una sonrisa en el rostro. Convencerla del primer sorbo pareció una batalla, pero una vez el dulce y cálido sabor del champán se deslizó en la garganta por vez primera, la joven sucumbió al deleite. Ambos sentados en el viejo sofá, tomando aquella bebida ajena, en un lugar desconocido, perecía tan surrealista. Afuera el viento soplaba, la nieve caía a una magnitud cada vez más impresionante, la tormenta era implacable.
El tosco ambiente se hizo cálido, hablar y reír juntos, abrazados, dándose calor mutuo, eran unos de esos detonantes que mostraba aquella peculiar capacidad que tenían, desde que se vieron por primera vez, de desconectarse del mundo en cualquier situación, en cualquier problema, en cualquier lío, solo para permitirse estar juntos y mirarse, conectarse y hacer de cuenta que no existe nada más allá de los dos. Fue un trago tras otro, en cuestión de minutos, horas quizá, ya estaban destapando la segunda botella con confianza y ligereza. Tal vez era todo efecto del champán, eran muy conscientes de que comenzaba a hacer estragos en sus entrañas, aún así querían disfrutar, de eso se trataba su viaje. Hacía dos años que estaban casados, juntos a los ojos de Dios, en esa misma época, bajo una nieve tan blanca como la que retumbaba feroz fuera de aquella cabaña. Steve la miraba hablar, se perdía en su boca como siempre lo hacía, se quitaron los abrigos, estaban frescos y cómodos.
Natalie se quitó el grueso suéter de lana, se acurrucó en su regazo, le miraba a los ojos y le sonreía acariciándole el rostro. Sus manos suaves y tibias, sus labios se veían más deliciosos que en otro momento, la observaba aborto en recuerdos de esos últimos años a su lado.
-¿Sucede algo? Estás…- La interrumpió, no podía más, le tomó el rostro y le besó con la delicia y deguste con el que se prueba un fino champán. Como si hubiera pasado un milenio sin verla, como si fuera la primera vez que la besaba en mucho tiempo.
La tomó por la cintura atrayendo su cuerpo junto al suyo con fuerza, la intensidad de los corazones que latían al tiempo era inmensa. La pasión juvenil parecía crecer con los años juntos, muy a pesar de que siempre consideraron que el tiempo era de esas armas de doble filo que podía venirse en su contra en cualquier momento. Ellos en cambio, con tocarse sentían que sus pechos podían hacer un solo de batería a la perfección.
Lo miró a los ojos, “te deseo tanto” pensó Steve, y ella, como respondiendo a un mensaje mental, se quitó la blusa y lo ahogó en un beso largo y profundo.
La empujó hacia una mesa, un par de besos en el cuello, otro par en la espalda, una acción en cadena que desataba toda la ansiedad y Natalie, sin más indecisión supo que no podían parar. Él comenzaba a deslizar los dedos entre las piernas y a cada centímetro que avanzaba en su recorrido, ella las separaba más en modo de invitación pero una vez que estuvo a punto de llegar, ella le detuvo y le mordió le cuello con ímpetu.
Aquello fue como una especie de combustible derramado sobre una llama ya ardiente, Steve le arrancó el sostén y comenzó a devorar los senos con apetito. La tomó del trasero la subió a él y la llevó de espaldas contra la estantería de los libros. Natalie le quitaba el suéter y lo besaba con algo de torpeza, una vez  estuvieron de pie, ambos sintieron los estragos del alcohol. Libros y objetos caían mientras ellos daban vueltas descuidadas por el lugar, tropezando todo a su paso.
Se percataron del desastre provocado y rieron a grotescas carcajadas, pararon un momento y Steve volvió a recostar a Natalie sobre la esquina de uno de los estantes, este, para sorpresa de ambos se rodó un par de centímetros. Se miraron, Natalie retrocedió alejándose, siguieron empujando hasta descubrir una especie de entrada secreta que llevaba a unas escaleras.
Buscaron algo con qué iluminar, las escaleras, que eran realmente empinadas y largas, terminaban en una enorme puerta de madera, lo dudaron unos minutos, se volvieron a poner las prendas y sin ser capaces de pronunciar una palabra, comenzaron a subir los desconocidos escalones, deseosos de averiguar que había detrás de aquella entrada.

Por Mr Amsterdam y Daniela.

jueves, 27 de febrero de 2014

Un juego de azar 2

John estaba entusiasmado por empezar nuevamente pero comenzaba a notar algo de ansiedad en Juliet, así que decidió que tal vez sería buena idea posponer el entrenamiento. La joven parecía molesta o incómoda por algo.
-Creo que ya es hora de que te vistas, ya casi me tengo que ir, podemos seguir esto otro día- dijo Juliet algo distante.
 -Ya casi lo tengo, pero como quieras- respondió él -antes quiero que veas esto-
John lanzó una de las cartas hacia ella haciéndola saltar de sorpresa ante el roce. Se escuchó un pequeño golpe, Julieta vio estupefacta uno de sus colgantes partido en dos, en el suelo, se devolvió con enojo a su atacante pero este estaba ya en el baño poniéndose la ropa. Al menos había aceptado su sugerencia, eso le tranquilizó.
Una vez vestido, John se asomó en silencio, Juliet  jugaba con las cartas como si fueran pelotas de baloncesto. Giraban en sus dedos, incluso una de ella llegó a girar tan rápido que una pequeña gota de sangre se deslizó por el dedo índice. John alarmado quiso advertirle que tuviera cuidado, dio un paso adelante y antes de poder decir una palabra, todas las cartas salieron disparadas cual cuchillas afiladas contra su cuerpo. Eran como ráfagas de viento tajante que le obligaron a cerrar los ojos por un minuto. Su traje caía hecho pequeñas tiras de tela hasta dejarlo en ropa interior.
 -¡Oh mierda!, he fallado, se suponía que no debías quedar con nada encima- lanzó una risilla burlesca.
  -¿¡Estás loca!? ¿Qué pretendes? Si querías verme desnudo solo lo hubieras dicho, no había necesidad de intentar mutilarme.
 -Y es que… ¿Podía lograrlo así de fácil? Pensaba que con todo eso del traje y tus aires de superioridad, tendría que ser un poco más agresiva- Había cambiado su tono, era sugestiva y lanzaba una mirada directa.
 -No te engañes, no quise hacerte lo mismo antes, pero luego de esto creo que es justo que lo haga- dijo John tomando las cartas que antes habían cortado su traje y haciéndolas girar en sus dedos igual que Juliet.
-Quiero verte intentándolo chico listo- Lanzó una grotesca carcajada -Te recuerdo que cuando intentaste hacerlo estuviste muy lejos de hacerlo como yo- Comenzaba a deslizarse con encanto por el lugar, había perdido ya todo signo de incomodidad.
John esbozó una sonrisa y lanzó todas las cartas que tenía en sus manos. Juliet era una experta, engañarla o sería simple, eso lo sabía. Cada carta que John lanzó, ella la atrapaba entre sus dedos sin dejarle un solo rasguño.
 -Buen intento, pero te falta mucho para llegar a mi nivel, lo siento- se contoneaba con orgullo.
 -Sí, sobre eso… -fulminó con una desconcertante mirada de victoria.
Sacó de la nada una ultima carta, la giró un poco, pero está vez cerró los ojos y la lanzó directamente al pecho de Juliet. Ella sonrió, esa se le haría incluso más fácil que las otras. Unos instantes antes de que golpeara su pecho, John abrió los ojos y alzó una ceja dando una especie de orden a aquella carta con sus manos. La carta se dividió en muchas que tomaron diferentes direcciones, ella quedó inmóvil viéndolas pasar a su alrededor sin sentir un solo cosquilleo. Se relajó sonriente, pero al dar un paso adelante, justo antes de burlarse del intento fallido de John, su ropa comenzó a bajar hecha pedazos por su cuerpo. Él no había fallado.
John se deleitaba con aquella escena lleno de un creciente ímpetu de victoria, deseo, algo de lujuria y con un poco de burla por supuesto. La insolente joven que le había estado “enseñando” se encontraba desnuda y desorientada frente a él.
 -Te lo dije, no te engañes. Pueden llegar a pasar cosas como esta si te confías- dicho esto, John usó uno de sus trucos de ilusión más populares, desaparecer.
 -Pero… Pero ¿Dónde estás? Ahora que voy a hacer, no tengo ropa con que irme de aquí ¡Maldita sea, aparece!- Juliet intentaba cubrirse en vano, estaba expuesta y vulnerable, toda su confianza se había esfumado.
-No te preocupes- Susurró a su oído despojándola de las manos que con torpeza cubrían su cuerpo -Esta noche puedes dormir aquí, ya después conseguiré algo de ropa para ti- Juliet solo escuchó lo que quería escuchar, que podría quedarse a dormir con él, era lo que más deseaba, todo lo demás fueron balbuceos, se estremecía en sus adentros.
John intentaba contener las ganas que tenía de besarla y tocarla, trataba de hacer que ella fuera quien se acercara y le diera pase libre para hacer todo lo que deseaba, a pesar de sentir como se agitaba al respirarle al oído, notaba en su rostro la tensión y la inseguridad. Soltó sus manos, le tomó los senos, los acarició lentamente y la atrajo hacía su cuerpo, sus pieles ardían, no pudo contenerse más, la hizo girar y la besó con ansiedad.
 -Oye, ¿estás seguro de lo que haces?- Musito Juliet con voz entrecortada.
John agarró fuertemente su trasero para levantarla un poco, la dejó a escasos centímetros y la volvió a besar, podía acariciarla con el aire que exhalaba, ella lanzó un gemido silencioso que él pudo escuchar a la perfección. Eso bastó para que explotara en un beso salvaje, usó sus manos con destreza, mientras una se paseaba por los pechos de Juliet, la otra se iba deslizando lentamente por su abdomen hasta llegar a su entrepierna y entre más bajaba, la piel de la joven se erizaba con mayor notoriedad.
  -¿Esto responde a tu pregunta? -John le susurró al oído.
  -Yo… Tengo que decirte algo- Su tono de inseguridad había vuelto.
  -¿Qué pasa?- sus manos había frenado en seco.
 -Es que… Soy virgen- Agachó la cabeza.
 -Oh, claro y yo tengo 15 años… En serio, ¿qué sucede?-
 -Hablo en serio, estúpido. Me fui de casa a los 17 y desde entonces he vivido en la calle sola, ¿No crees que si no lo fuera, habría aprovechado mi cuerpo para encontrar alguien o por lo menos lugar donde quedarme?- Advirtió Juliet con su insolencia habitual.
John enmudeció, estaba más que sorprendido, en aquellos ojos no había muestra de engaño, contrario a ello, adquirió de pronto una imagen de vulnerabilidad e inexperiencia, ya no lucía como la imponente mujer de la plaza, pero lucía igual de hermosa. Una sonrisa se dibujó en su rostro -No te preocupes, a pesar de que no puedo evitar sorprenderme, ha sido una sorpresa bastante especial- la tomó por el mentón, le levantó el rostro,  le sonrió y la besó. Entonces se dio cuenta de lo insensible que había resultado su comentario anterior -¿Acaso quieres que…?-
 -Supongo que… Ten cuidado- Le dijo aquello mirándole a los ojos.
John hizo caso omiso lo que ella le pidió, cuidó cada caricia, cada beso, con la mayor delicadeza pero sin dejar de lado su intensidad y pasión. Besó cada parte de su cuerpo haciéndola gemir de deseo hasta los gritos. Penetró en su sexo con tacto y lentitud, ella no sintió dolor o por lo menos a él no le pareció, en ningún momento lo detuvo, al menos no un dolor lo suficientemente molesto.  Su rostro era de placer indescriptible, ninguna de las mujeres con las que antes había estado expresó tal sensibilidad como aquella chica. Fue auténtica magia.

Despertó luego de un profundo sueño, miró hacia la ventana, ya estaba amaneciendo. Buscó a su derecha con la mirada y allí estaba ella, dormida junto a él con la mayor confianza del mundo, totalmente desnuda. John sonrió y trato de recordar todo lo que había pasado, llegó a la conclusión que una virgen le había dado la mejor noche de sexo de su vida y que ahora tendría que devolverle dos favores, pues ya se sentía un experto con las cartas. Se levantó, hizo una llamada y fue hacia la cocina. Regresó cuando Juliet estaba despertando y le llevó el desayuno a la cama, le dio un beso y se sentó a su lado.
 -En 2 horas sale tu vuelo, espero sepas ruso, iras a Moscú para tu primera presentación- le dijo.
A Juliet, que apenas probaba el jugo de naranja, le fue casi imposible no escupir todo el sorbo -¿Moscú? Pero… ¿Cómo lo hiciste?¡Si apenas son las siete de la mañana! -Exclamó muy entusiasmada Juliet mirando el reloj.
 -Ese fue el trato, solo que por lo de anoche, quise darte un regalo para que nunca más vuelvas a vivir un solo día en la calle y quien sabe si con eso por lo menos me aseguro que algún día vuelvas a mí- John la llevó de compras, era como ver a una niña en navidad rodeada de juguetes, fue momento de la despedida, él no podía llevarla al aeropuerto, pues tenía otro compromiso.
 La hizo prometer que volverían a verse  algún día cuando fuera exitosa, a lo que ella accedió sin ninguna objeción, la montó en un taxi y le dijo adiós. El taxi partió, el joven mago observó el hermoso parque que se extendía frente a él en todo su esplendor. Inhaló profundo, sintió cierta curiosidad, tenía una corazonada, algo le decía que el estar allí no era casualidad, algo le decía que allí encontraría lo que hace mucho buscaba.


Por:  Mr Amsterdam
        Daniela.