En una lluviosa mañana de noviembre, cuando se acercaban las
primeras brisas de invierno, estaba parado en el andén 9° de la estación Kings
Cross, esperando que llegase el tren que me llevaría después de muchos años a
Edimburgo, mi ciudad natal. En 17 años no había venido a Escocia, quería visitar a mi
padre, pero mi trabajo me lo impedía, hasta ahora.
Cuando estaba chico solía ir a un castillo, muy famoso en
nuestra ciudad y blanco de muchas leyendas que a nuestros padres les encantaba
decirnos para no acercarnos al lugar, pero éramos muy osados o muy estúpidos en
la niñez, ¡oh, si! He dicho éramos –como se me ha podido olvidar mencionarla-
no solo era yo, se llamaba Magie, era mi vecina de al lado, jugábamos mucho
juntos, pues a los al rededores no habían muchos niños de nuestra edad; ella
era mucho más osada que yo, siempre me llevaba a rastras a nuestras aventuras,
mi padre decía que sus cabellos rojizos era lo que les daba esa osadía que las caracterizaba pues conocía mucho a su madre y era el vivo ejemplo de ellas; por otro lado estaban Mika su hermana, parecían gemelas, salvo que ella era la mayor, siempre estaba diciéndonos lo que no debíamos hacer como todo hermano mayor, pero al final ella terminaba más emocionada que todos; por ultimo estaba Jacob, que era mi primo, también mayor y exactamente como Mika, refunfuñon pero igual de divertido al final.

El tren ya había arribado, habían muchas personas
aglomeradas en los vagones para turistas, yo había echo lo posible por comprar
el tiquete en el vagón de primera clase, parecía que iba a ser para mi solo;
sin embargo vi acercarse una mujer muy abrigada, pues hacia mucho frío en
realidad, llevaba lentes negros y un cabello rojizo y ondulado que me trajo los
más gratos recuerdos de Magie y Mika, la deje pasar primero y luego subí yo, solo
éramos los dos en aquel vagón. Me senté a 3 puestos de ella, pero mirándola de
frente, esa mujer me causaba cierta curiosidad que se intensifico más al ver
que se despojaba de su abrigo, pues dentro del vagón estaba cálido. Los
asientos cuyo respaldo puede girar en ambos sentidos, me permitieron disimular
ante aquella mujer el interés creciente que sentía por ella, parecía un niño
dando vueltas en el asiento, así que ella no dudaría en no mostrarme nada de
atención, la vi quitarse su abrigo y mostrar unos voluptuosos pechos cubiertos
sobre su blusa de seda que se resbalaba deliciosamente entre más se movía, creí
verle los pezones a través de lo azulado de su blusa, además su apetitosa carne
blanca estaba muy al descubierto por un gran escote, fue difícil no fijar la
mirada por unos segundos, me miro – mierda, se habrá dado cuenta que la estaba
mirando- gire en el asiento, pero no del todo, quede mirando hacia el costado
del vagón, pude notar que ella sonrió, se había dado cuenta que la miraba -nuevamente di un giro, se había quitado todo el abrigo-, dejo sus piernas
blancas al descubierto, solo las tapaba una falda muy ajustada a sus muslos,
cuando alce la vista ella había puesto su brazo por detrás de su cuello
haciendo que la blusa de seda se pegara completamente a sus pechos mostrándolos
aún más enormes de lo que los veía ¡Dios mio, pero que pechos! No pude quitarles la mirada, hasta que de golpe me dijo...
-Eres un poco mirón, ¿te gustó lo
que viste? –me dijo con una sonrisa en su rostro, pero sin mirarme.
-N-No sé de que habla señorita,
yo solo estaba dando giros en el asiento, me recuerda mucho a mi niñez –mi
tartamudeo me delato, me había tomado por sorpresa, no sabia que decirle.
-Jajaja claro, por supuesto, su
excusa es totalmente creíble. Aunque me parece extraño que un hombre no se haya
visto interesado con unos pechos como estos –dijo en tono de burla, agarrándose
sus pechos por encima de la blusa y mostrándomelos.
Estaba anonadado, si hacia unos minutos me recordaba a Magie y Mika por su cabello, con esto era como volver
a mi niñez y apreciar lo osada que era Magie o lo directa que era Mika; pensé unos instantes y
trague saliva me había dejado sin palabras pero no podía quedarme callado.
-Lo siento, solo quería ser
cortes, no todas las mujeres son tan resueltas con respecto a esos temas y
siempre se sienten ofendida. La verdad la miraba porque me pareció muy
atractiva y también me recordó a alguien.
-Gracias, aunque decir que era
sexy hubiera sonado un poco mejor –dijo entre risas-, ¿podría saber a quien te
recuerdo?
-Sonara un poco estúpido, era unas vecinas en mi infancia, eran como gemelas–me levante confiado y me dirigí hacia donde ella estaba,
se hizo a un lado y me dejo sentarme-, su cabello era muy parecido al suyo.
-Deja de hablarme como si fuera
una señora, aunque lo siento no nos hemos presentado me llamo Margaret –me
sonrió y me extendió la mano.
-Ah, mucho gusto soy Patrick
–tome su mano y de inmediato sentí como me halo hacia ella dándome un fuerte
abrazo, en ese instante entendí que Magie solo era la forma corta de llamar a
Margaret, era ella y estaba allí conmigo.
La intensidad del abrazo fue tal que ninguno de los dos
quería soltarse, habían pasado 17 años no lo podía creer, mientras me abrazaba
me dijo que estuvo buscándome en Madrid pero nunca dio conmigo y hacia unos
días pudo hablar con mi madre, fue ella quien le dijo que yo regresaría y
decidió venir también. Pasamos largo rato contándonos las historias luego de
habernos separado, ella se había mudado con sus padres a Londres y luego de
terminar sus estudios había empezado a conocer Paris, Roma, Brujas y Madrid; yo
le contaba que no había salido de Madrid nunca, pero me iba muy bien. Después
de contarnos 17 años de historia, ni habíamos caído en cuenta que el tren ya
estaba en marcha y le pregunte que si estaba soltera a lo cual me respondió que
si, me dijo que nunca había tenido una relación seria, siempre eran relaciones
pasajeras.
-Tú me imagino que has de tener
muchas admiradoras, estás muy guapo, no pareces en nada al niño que conocí hace
unos años –me dijo mientras apoyaba su cara en su mano, como esperando una
respuesta demasiado interesante.
-Pues aunque no creas no tengo
muchas admiradoras, tuve un par hace tiempo pero ya, es más hace ya 6 meses que
no veo a nadie, eres la primera mujer en 6 meses que me dice que estoy guapo.
Haberle dicho eso me hizo sentir un poco mal, tal vez si
seguía siendo aquel niño que no era tan osado y que siempre buscaba un pero a
las cosas y ella ahora era incluso más osada que cuando niña, además era sexy y
muy inteligente –soy un estúpido-, lo único que había logrado era que ella
viera que no era para nada interesante. Lo que vino después no dejo duda de que
yo no entendía nada de la vida y mucho menos de una mujer, me tomo de la mano
sonriéndome y la llevo hacia su pantorrilla, paseo mi mano por toda su larga
pantorrilla, pasando por su rodilla y la fue subiendo por la cara externa del
muslo, pasando por su falda hasta llegar a sus caderas. Dejo mi mano libre,
ahora era yo quien paseaba mi mano nuevamente por su muslo pero ahora con los
dedos acariciaba el interior de su muslo, sus piernas se separaron unos
centímetros para recibir mi mano, luego sujeto firmemente mi mano, para evitar
que siguiera subiendo. En ese momento me pregunto:
-Tú solo eres osado cuando estás
conmigo y cuando yo te incito a serlo, ¿crees que lo harás ahora?
-Completamente –dije firmemente y
agarrando con fuerza su muslo haciéndola revolverse en su asiento.
Me incline y besé su oreja, se estremeció, volví a besarla
pero ahora en la nuca. Encogió de hombro y echó la cabeza hacia atrás. Se
inclino y me beso en la boca. Nuestras lenguas jugaron y ella tomó mi cabeza
entre sus manos y la trajo hacia sí. Nos pusimos de lado en los asientos,
nuestras rodillas chocando, con los dedos muy separados pasé mis manos por sus
costados, arriba y abajo, presione sus pechos. Su corazón ahora latía con
fuerza y su respiración era forzada, mientras la besaba en la boca y su cuello,
desabroché un botón y deslicé la mano por dentro de la blusa, sentí su
endurecido pezón entre mis dedos, solté el resto de los botones y pase ambas
manos a su espaldas para inclinarme y besar sus pezones, ella empujaba sus
pechos hacia mi.

Aunque el espacio era sumamente incómodo, trate de
incorporarme lo más que pude, volví a besarla en la boca y pasé mis manos por
su espalda. Recuerdo lo maravilloso de los pechos de Magie en aquel vagón de
tren. Ella empezó a halar mi corbata, luego cambiando de idea, desabotonaba mi
camisa excepto el primer botón, sus dedos recorrían mi pecho, se inclino a
besármelo. Metí mi mano por entre su falda y ella movía sus caderas hacia
adelante, se deslizó en el asiento, dejando su cabeza apoyada en la ventana, no
era fácil encontrar acomodo, la levante, los dos estábamos mas o menos de pie
en el espacio que teníamos, la traje hacia mi y me abrazó, sentí sus pechos
desnudos contra mi piel, fue cuando empuje con fuerza mi muslo entre sus
piernas y ella lanzó un leve gemido. Baje mi mano y la deslicé entre sus
muslos, pude sentirla perfectamente a través del húmedo de sus bragas, abrió
las piernas y se estremeció lentamente bajo mi mano. Baje sus bragas hasta las
rodillas, saco una pierna de las bragas, pasé con lentitud los dedos entre su
húmedo sexo descubierto, me bajo bruscamente el pantalón, lo mismo hizo con mis
bóxers, cogiéndome con ambas manos, me hizo salir erecto. Empujé a Magie contra
el asiento, quedo con la cabeza y el hombre apoyados contra la ventana, tenía
la falda levantada hacia la cintura y las piernas abiertas, yo estaba inclinado
sobre ella con mis manos en sus caderas, pensé en llevarla al baño, allí
tendríamos más intimidad, pero sabía por lo osada que era que no seria posible.
Cuando estaba empezando a penetrarla, el tren freno bruscamente, mire por
la ventana. Pensé que habíamos llegado ya –maldita sea-, pero luego supe que no
era ningún sitio donde el tren tuviera que parar, llegábamos a una estación
desconocida y Magie y yo dábamos justo al andén y había gente –por suerte muy
poca- confiaba en que ninguno subiera al tren y mucho menos al vagón; sin
embargo quedaron muy bien situados para poder espiar y nuestro vagón en
especial paro frente a tres señoras ya cincuentonas, aquello les ofreció una
vista de Magie con los pechos al aire y piernas sobre los asientos y de mi,
erecto y asustadizo, encima haciendo maniobras para estar encima de ella. Su
porte de cincuentonas parecía salido de una película de dinosaurios, miraban
con sus ojos desorbitados y cada una formo un su boca una O de asombro, ella levantó la vista hacia mi y luego, giro para mirar hacia la ventana haber que
pasaba, estuvo unos instantes viendo, se volvió de nuevo hacia mi, yo estaba
paralizado, incluso pensé en subirme los pantalones y abrochármelos delante de
ellas, pero eso solo se hubiera visto estúpido, Magie sonrió maliciosamente, se
lamió los labios despacio y me beso con suavidad. Las Oes de las señoras eran
aún más vistosas, ella puso de inmediato su boca en forma de O y la aplicó
contra mi, en ese instante el tren volvía a moverse, sentí su boca y sus manos por todo el cuerpo, las caricias de su lengua y de sus labios me
hicieron olvidar aquel momento, la levante, la volví a poner contra la ventana
y cuando nuevamente estaba penetrando, el tren volvió a frenar muy bruscamente
–maldita sea, que putas le pasa a este tren, no me va a dejar coger-. Resultaba
que ya habíamos llegado y el revisor venia entrando, nos pusimos la ropa
rápidamente.
-Así que la leyenda del castillo,
es sobre un hombre que suena todas las noches su gaita con tonos muy tristes y
deprimentes a través de todas las calles subterráneas que conducen al castillo
–proseguí con dificultad.
El revisor bajo la vista y nos
miró, parecía saber lo que había pasado y dijo en un tono que se supone que se
emplea cuando el vagón esta lleno: “Edimburgo”.
Magie y yo nos sacudimos, dimos las gracias y lo vimos salir
del vagón. Gire para verla y me encontré con una risa maliciosa la cual
fue seguida de ella diciendo.
-¡Maldición! –Riéndose y
abrigándose.
Esa es la historia de cómo nos volvimos a ver Magie y yo
luego de muchos años, quizá sea un poco sexual pero así fueron los días
siguientes, hasta que llego el momento de separarnos, quizá fue el más
doloroso. Ella me confeso que en unos días se casaría, pero que lo que había
hecho, había sido porque siempre estuvo enamorada de mi y que aquel casamiento
había sido arreglado por su padre. Hoy después de 30 años de aquel encuentro,
no la volví a ver jamás, pero en esa misma despedida conocí en el mismo vagón a
la mujer que hoy esta sentada a mi lado admirando el mismo castillo que hace 30
años vine a visitar.