jueves, 20 de marzo de 2014

Un giro inesperado

Bueno esta entrada hace parte de mi sección especial de 12 días sin normas al año, pasa que no la publique en el día de ayer por cuestiones de flojera jajaja. Bueno no siendo más aquí va.

Es increíble como en cuestión de segundos, la vida puede tomar giros tan inesperados que muchas veces no logramos explicar ¿qué paso?, qué fue eso que nos paso por en frente a tan rápida velocidad que no nos dimos cuenta sino hasta cuando ya nos estábamos inmersos dentro de aquello que pasaba... pues así fue para mi en un mes de junio de hace ya un par de años.

Todo pasaba normalmente, me encontraba trabajando, mi hora de salida seria a las 7pm, era lo normal, pero llegada la media hora faltante para poderme ir, mi compañera de trabajo hizo una llamada a la jefa ofreciéndole disculpas porque no podía quedarse ese día hasta más tarde y que yo había aceptado tomar su lugar -no sé de donde saco eso- aunque el día anterior ya lo había hecho también -hijaa de puta, pensé-, se dirigió a mi y me dijo, yo te lo compensaré y se fue así sin más. Estaba muy molesto al principio lo debo aceptar, pero luego de un rato se me paso y encontré una forma de entretenerme, pasadas las 8:45pm decidí que ya era hora de irme, no podía estar más tiempo y pedí a las personas que aún se encontraban allí que por favor culminaran sus actividades porque ya era muy tarde y tenía que cerrar el negocio, las personas muy amables se levantaron rápidamente y dando las gracias partieron una detrás de la otra, a las 9pm ya me encontraba fuera, dispuesto a irme a mi casa y descansar, esperaba el bus pero no pasaba, me estaba impacientando pues me solo quería dormir, había sido un día largo y duro para mi, en eso apareció un hombre de la nada en la esquina inmediatamente anterior donde yo estaba, lo mire un par de veces con recelo, cada vez se acercaba más -donde putas esta el maldito bus-, no espere más, paso una moto y le pedí que me llevará, di una ultima mirada atrás y aquella persona estaba parando el bus el cual yo tanto tiempo había esperado, que suerte la mía, pero no pensaba en ello ya me dirigía a mi hogar. ¿Dónde lo llevó? -me preguntó el conductor-, al decirle la dirección, me dijo... ¿Y eso por dónde es?, -era en serio o solo me estaba tomando el pelo, mi barrio era popular todo mundo sabia de su existencia, pero al escucharle el acento del interior del país supe que apenas llegaba a la ciudad-, no te preocupes yo te indico por donde -le dije-. Fue entonces cuando no me di cuenta que se había pasado un alto en la calle, debíamos haber parado, pero siguió y cuando volteé solo pude vislumbrar la luz penetrante de una moto que se dirigía directamente hacia mi, el choque fue inminente y sumamente fuerte, salí disparado unos metros, momentos antes de caer lo vi todo muy lento, pues en mis ojos pasaba todo lo que en ese día me había tocado pasar, hasta que caí al suelo sentado, luego un golpe en la cabeza, quedé inmóvil, no podía mover mis piernas y el golpe en la cabeza me había dejado aturdido, solo podía ver como una mujer que suponía había sido la otra victima de aquel accidente, tenía mucha sangre en su rostro.

Luego de unos instantes me levante, con mucha dificultad, tome otra moto y me fui del lugar, al llegar a mi casa me tire en la cama, no pude moverme en toda la noche, no había querido ir a un médico ni nada por el estilo y gracias a eso mis padres me regañaron muy feamente.

Está es una historia que demuestra como en unos segundos la vida da giros inesperados, primero puedes estar tranquilo y sentado muy cómodamente, y a los minutos siguientes estás tirado en el asfalto de una calle sin poderte mover ni hacer nada por ti mismo y esa fue la tercera vez que pude haber perdido la vida muy seriamente. Pero aquí estoy, echando el cuento jajaja este es mi relato de un nuevo 19, algo diferente porque nunca me ha gustado tocar esos temas.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Concede un detalle

Hace poco leí una frase de Pablo Neruda que decía "Por qué se me vendrá todo el amor de golpe cuando me siento triste, y te siento lejana..." en muchos aspectos es bastante normal verlo en nuestra vida diaria y no solamente en cuestiones del amor. Y aunque no soy un fan de Neruda -apenas y lo he leído muy por encima- me ha quedado grabada está frase, además de que hace mucho tengo la pendejada de escribir algo y pues está es la excusa perfecta.
A menudo tanto hombres como mujeres se quejan de que hay un cierto abandono o falta de demostraciones por parte de las personas cercanas a ellos, por parte de su trabajo, de las cosas buenas e incluso con quien más nos mostramos más insatisfechos es con Dios; el amor por Él siempre aparece en los momentos donde todo nos parece que no puede ir peor, donde nos encontramos más tristes, cuando de cierto se ve reflejado en gran medida que el amor es engañoso y que muchos lo confundimos con la necesidad de ser queridos. En un aspecto donde es más visible, tenemos todo el tiempo del mundo; las horas; minutos y segundos para darle una demostración o un detalle, aunque sea minúsculo a esa persona que queremos o amamos, pero preferimos esperar a cuando la tristeza se apodera de nosotros sin pensar acaso que la otra persona también lo está y sea precisamente por la falta de esos detalles.

Es irónico como a aquellas personas a las que se les hace más difícil dar un detalle, una demostración de afecto, terminan por recibir mucho más de lo que ellos estarían dispuestos a dar. He visto como parejas tienen un constante inconveniente de dar y recibir, porque mientras uno recibe y disfruta, el otro lo hace solo a manera de buscar algo de agradecimiento, ya que no recibe desinteresadamente. He aprendido de cierta forma a que no importa mucho que no recibas nada a cambio, la verdadera felicidad esta en ver a aquella persona por la cual haces algo, que disfruta de lo que haces por ella; sonríe con lo que haces; le ayuda a muchos aspectos de su vida tu sola presencia -que puede ser lo único que necesite en ocasiones-; en pocas palabras que aunque sea un "te deseo un lindo día", logre grandes cosas, porque tendrás la satisfacción que esa pequeña frase fue el inicio para un lindo día, así mismo podemos verlo en nuestra relación con Dios, no esperemos a que lo sintamos más distante de nosotros para poderle dar gracias por el simple hecho de estar presente en el mundo, porque así como hoy podemos estar como yo en este momento -disfrutando de un poco de frío, escuchando música que me anima y escribiendo esto- mañana simplemente una enfermedad, un accidente o cualquier cosa nos puede arrebatar todo eso.

Yo empece con un "Gracias" diario a Dios, con un "buenos días mi amor" a mi novia y con un "espero tenga buen día, que le vaya muy bien" a mi madre y mi hermana, puede que ninguno me devuelva alguna de esas cosas o no lo haga muy a menudo, pero cuando Dios me demuestra con cosas buenas en mi vida que escucho ese "Gracias", cuando mi novia me responde los buenos días y en realidad le va bien, y cuando mi madre y mi hermana me dicen que les fue muy bien en su día, ese simple hecho es gratificante para mi.


jueves, 6 de marzo de 2014

Vacaciones de nieve y champán

Esta no es de mis mejores historias, pero entre los dos hemos logrado una aventurilla que de seguro les va a encantar. Disfruten de la primera parte de esta nueva mala intención.




Steve despertó con la plácida figura de su esposa desnuda entre las sabanas, sonrió y decidió esperar el desayuno para despertarla y charlar un rato. El ambiente en la alcoba era cálido, a pesar de que apenas caía diciembre y las bajas temperaturas eran afuera, parte del paisaje de la hermosa Rumania. Steve y Natalie estaban de vacaciones, el largo viaje había sido en verdad exhaustivo, así  que al llegar al pequeño hotel a las afueras de Brasov, no pudieron hacer nada más que caer rendidos, sumidos en el cansancio. Habían llegado allí con la idea de conocer algún majestuoso y antiguo castillo y luego tal vez esquiar, decían que no muy lejos, había un terreno montañoso donde podrían darse gusto, estaban muy emocionados.
Habían recibido la noche anterior la decepcionante noticia de que la edificación antigua más cercana no estaba abierta a las visitas turísticas, así que por lo pronto debieron conformarse con salir a conocer los alrededores.

Natalie apenas despertaba cuando el teléfono sonó y  Steve recibió la llamada. Era el asesor turístico que comentaba que la agencia tenía algunas cabañas para quien decidiera quedarse incluso a pasar la noche, todo en recompensa por no poder llevarlos a ningún lugar histórico ese mismo día. Cabañas de madera, el fuego de una chimenea, Natalie y Steve se miraron sonrientes, la idea les había caído del cielo a ambos.
Fue un corto viaje en auto colina arriba para llegar al lugar, conocieron la pequeña, cálida y acogedora cabaña de madera en medio del paisaje blanco y montañoso de Rumania, estaban fascinados.
La joven pareja disfrutaba de aprender a esquiar, Steve pronto estuvo listo para subir algunas colinas no muy elevadas de principiantes. Natalie por su parte, no tan hábil como él, apenas y podía sostenerse, las piernas le temblaban de frío y no paraba de abrazar a Steve. La temperatura acababa con ella y terminó sentada tomando un chocolate caliente de la cafetería, al menos eso pidió al guía, no entendía muy bien el idioma pero estaba muy cómoda. Le encantaba el paisaje y la nieve, además que ver a su esposo intentar y resbalar todo el tiempo era realmente divertido.

Después de un rato, Steve, siempre aventurero, quería ir hasta arriba de la montaña en las sillas elevadizas pero habían cerrado el servicio, la gente se dispersaba y todos hablaban y discutían cosas en su idioma. Entraron al salón -Deben quedarse en la cabaña- habló por fin un hombre en un idioma familiar a ellos, había una considerable cantidad de turistas de habla hispana -Se acerca una tormenta de nieve y todos tienen que guardar refugio hasta nuevo aviso. No es posible, en estos momentos, bajar la montaña hasta el hotel, la tormenta nos alcanzaría y sería demasiado peligroso- expuso el asesor turístico en voz alta tratando de calmar las ansias. Natalie y Steve guardaron la calma, compraron algunas cosas en la tienda  y volvieron a la cabaña, la idea de quedarse allí por ese día no les molestaba. Prendieron fuego, la temperatura no dejaba de descender, la nieve caía y el viento soplaba muy fuerte, en unos minutos caería la tormenta y estarían atrapados allí por un rato.
Al cabo de unas horas charlando en el sofá, Steve advirtió que la leña se estaba consumiendo y quedaba poca, así que se levantó, se abrigó y salió a buscar más leña. No tardó mucho en regresar, estaba muy emocionado  -¡Vístete ya! Trae algo de comer en el bolso, tengo que mostrarte algo-
-¿Qué sucede? ¿No ves que me estoy congelando?- Natalie tartamudeaba, su mandíbula temblaba y estaba muy confundida.
-Parece que la tormenta destapó un camino- Señalaba Steve ya afuera, mientras caminaba. Se adentraron en un lago congelado, en donde se reflejaba con claridad la luna, Natalie empezaba a desesperar, el viento soplaba y parecía que en cualquier momento la tormenta traería más ráfagas de nieve. De pronto, de en medio de la nada, surgió aquella enorme y hermosa cabaña a un lado del lago, Steve había llegado allí buscando árboles secos para leña. La cabaña parecía ser antigua y abandonada, entraron sin tiempo para meditarlo, la tormenta comenzaba a hacer estragos.
Natalie cruzaba los brazos en signo de incomodidad mientras caminaba husmeando con la mirada la extensa colección de libros en los estantes de las paredes, fue lo primero que observó después de que Steve iluminara el lugar encendiendo algunas velas. Al subir con algo de vacilación al segundo piso, encontraron un hermoso cuarto con una cama enorme y muchas pinturas colgadas. -Parece que las últimas personas en habitar este lugar vivieron hace muchos años-
-Así parece- respondió Steve mientas abría la puerta de un pequeño desván, iluminó con una lámpara de mano y ante él se extendió una ostentosa colección de vinos. Lo admiró encantado, amaba los vinos. Una repisa especialmente adornada llamó su atención, tenía tan solo cuatro botellas, era champán de una reserva relativamente joven. Observó a  su esposa aun inquieta, no pudo evitarlo, tomó dos botellas, un par de copas que colgaban lujosas en la parte superior de la repisa.
-Creo que es mejor que bajemos- Siseó Natalie aun con los brazos cruzados.
-Por supuesto, pero antes algo para calentar la garganta- Steve meneaba las botellas en señal sugestiva con una sonrisa en el rostro. Convencerla del primer sorbo pareció una batalla, pero una vez el dulce y cálido sabor del champán se deslizó en la garganta por vez primera, la joven sucumbió al deleite. Ambos sentados en el viejo sofá, tomando aquella bebida ajena, en un lugar desconocido, perecía tan surrealista. Afuera el viento soplaba, la nieve caía a una magnitud cada vez más impresionante, la tormenta era implacable.
El tosco ambiente se hizo cálido, hablar y reír juntos, abrazados, dándose calor mutuo, eran unos de esos detonantes que mostraba aquella peculiar capacidad que tenían, desde que se vieron por primera vez, de desconectarse del mundo en cualquier situación, en cualquier problema, en cualquier lío, solo para permitirse estar juntos y mirarse, conectarse y hacer de cuenta que no existe nada más allá de los dos. Fue un trago tras otro, en cuestión de minutos, horas quizá, ya estaban destapando la segunda botella con confianza y ligereza. Tal vez era todo efecto del champán, eran muy conscientes de que comenzaba a hacer estragos en sus entrañas, aún así querían disfrutar, de eso se trataba su viaje. Hacía dos años que estaban casados, juntos a los ojos de Dios, en esa misma época, bajo una nieve tan blanca como la que retumbaba feroz fuera de aquella cabaña. Steve la miraba hablar, se perdía en su boca como siempre lo hacía, se quitaron los abrigos, estaban frescos y cómodos.
Natalie se quitó el grueso suéter de lana, se acurrucó en su regazo, le miraba a los ojos y le sonreía acariciándole el rostro. Sus manos suaves y tibias, sus labios se veían más deliciosos que en otro momento, la observaba aborto en recuerdos de esos últimos años a su lado.
-¿Sucede algo? Estás…- La interrumpió, no podía más, le tomó el rostro y le besó con la delicia y deguste con el que se prueba un fino champán. Como si hubiera pasado un milenio sin verla, como si fuera la primera vez que la besaba en mucho tiempo.
La tomó por la cintura atrayendo su cuerpo junto al suyo con fuerza, la intensidad de los corazones que latían al tiempo era inmensa. La pasión juvenil parecía crecer con los años juntos, muy a pesar de que siempre consideraron que el tiempo era de esas armas de doble filo que podía venirse en su contra en cualquier momento. Ellos en cambio, con tocarse sentían que sus pechos podían hacer un solo de batería a la perfección.
Lo miró a los ojos, “te deseo tanto” pensó Steve, y ella, como respondiendo a un mensaje mental, se quitó la blusa y lo ahogó en un beso largo y profundo.
La empujó hacia una mesa, un par de besos en el cuello, otro par en la espalda, una acción en cadena que desataba toda la ansiedad y Natalie, sin más indecisión supo que no podían parar. Él comenzaba a deslizar los dedos entre las piernas y a cada centímetro que avanzaba en su recorrido, ella las separaba más en modo de invitación pero una vez que estuvo a punto de llegar, ella le detuvo y le mordió le cuello con ímpetu.
Aquello fue como una especie de combustible derramado sobre una llama ya ardiente, Steve le arrancó el sostén y comenzó a devorar los senos con apetito. La tomó del trasero la subió a él y la llevó de espaldas contra la estantería de los libros. Natalie le quitaba el suéter y lo besaba con algo de torpeza, una vez  estuvieron de pie, ambos sintieron los estragos del alcohol. Libros y objetos caían mientras ellos daban vueltas descuidadas por el lugar, tropezando todo a su paso.
Se percataron del desastre provocado y rieron a grotescas carcajadas, pararon un momento y Steve volvió a recostar a Natalie sobre la esquina de uno de los estantes, este, para sorpresa de ambos se rodó un par de centímetros. Se miraron, Natalie retrocedió alejándose, siguieron empujando hasta descubrir una especie de entrada secreta que llevaba a unas escaleras.
Buscaron algo con qué iluminar, las escaleras, que eran realmente empinadas y largas, terminaban en una enorme puerta de madera, lo dudaron unos minutos, se volvieron a poner las prendas y sin ser capaces de pronunciar una palabra, comenzaron a subir los desconocidos escalones, deseosos de averiguar que había detrás de aquella entrada.

Por Mr Amsterdam y Daniela.